La ganadería está directamente condicionada por los factores medioambientales y climáticos, una dependencia que se hace más evidente durante la temporada invernal. Así lo señala Lorens Olsen, propietario de la Hacienda La Victoria, quien explica que el impacto del invierno varía según la zona donde se desarrolla la actividad ganadera.
En sectores no inundables, el manejo puede mantenerse con relativa normalidad. Sin embargo, en zonas inundables, el invierno se convierte en un problema operativo, ya que los productores se ven obligados a movilizar el ganado hacia áreas más altas. Este traslado implica costos adicionales y riesgos, tanto para los animales como para la infraestructura productiva. Las crecientes de ríos y esteros pueden provocar daños en instalaciones y afectar al ganado ubicado en zonas bajas.
Desde el punto de vista sanitario, el invierno modifica la presencia de parásitos y enfermedades. En algunas zonas, la garrapata disminuye notablemente, mientras que se mantiene la mosca paletera y aumenta el tábano, generando problemas para el bienestar del ganado. Además, los cambios de clima y las temperaturas altas pueden propiciar casos de carbunco, lo que hace necesario reforzar los planes de vacunación mediante esquemas más completos, como las vacunas séptuples u óctuples.





