El conflicto en Medio Oriente volvió a poner en evidencia una fragilidad estructural de la economía mundial: la enorme dependencia de combustibles fósiles, fertilizantes y rutas marítimas críticas concentradas en una región políticamente inestable.
El estrecho de Ormuz —por donde circula una parte sustancial del petróleo, el gas y los fertilizantes del mundo— se convirtió nuevamente en un punto de vulnerabilidad global. Las consecuencias ya comenzaron a sentirse.
Organismos internacionales advierten sobre aumentos en los precios de la energía, encarecimiento de fertilizantes, presión inflacionaria, mayores riesgos para la seguridad alimentaria global, y, en muchos casos, la estabilidad social.
En este contexto, la bioeconomía dejó de ser solamente una agenda ambiental o tecnológica para convertirse en una cuestión estratégica de seguridad económica y geopolítica. La bioeconomía propone sustituir progresivamente recursos fósiles por biomasa, biotecnología, bioenergías, biomateriales y procesos industriales basados en conocimiento biológico.
En otras palabras: producir más alimentos, energía y materiales utilizando recursos renovables y conocimiento científico.
Al mismo tiempo, es crecientemente reconocida como disparador de procesos de renovación de las áreas rurales, vía las inversiones que atrae, y los nuevos empleos que genera.
El conflicto en Medio Oriente puede haber disparado el proceso por el cual la ambiciones ambientales y estratégicas se vuelvan convergentes con su viabilidad económica. La crisis actual muestra por qué esa transición es importante. Los sistemas bioeconómicos ofrecen alternativas más resilientes en las variables clave: biocombustibles para reducir dependencia energética, bioinsumos para disminuir el uso de fertilizantes químicos, y nuevos materiales biobasados para reemplazar derivados petroquímicos.
Los planteos de diversos organismos y foros internacionales, incluidos la OCDE y el G20, y lo que ya está pasando en Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y algunos países de Asia confirman plenamente este potencial.
En este escenario, el Hemisferio Occidental aparece con ventajas excepcionales, al concentrar algunas de las mayores reservas mundiales de biodiversidad, agua, biomasa y capacidad fotosintética. Además, posee liderazgo tanto en agricultura templada como tropical, biotecnología agrícola y producción de bioenergías.
Países como Brasil, Argentina, Colombia, Costa Rica y Uruguay ya demostraron que es posible desarrollar cadenas bioeconómicas competitivas basadas en bioetanol, biodiesel, biomateriales, agricultura de precisión, genética vegetal y aprovechamiento integral de residuos agroindustriales. Y más de 10 países de la región ya cuentan, o están en proceso de tener, estrategias dedicadas para el desarrollo de sus bioeconomías, impulso en el cual el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) participa activamente.





