El sector agropecuario lidia siempre con la incertidumbre, a los problemas de sequías o inundaciones asociadas al cambio climático, se le suman los ataques de plagas y enfermedades cada vez más recurrentes y agresivos, como el Moko en musáceas y la punta morada en las solanáceas de la Sierra, agregándose también la incertidumbre de los mercados con los vaivenes de precios en el mercado nacional y las barreras comerciales como el arancel del 10% establecido en EE.UU., uno de nuestros principales destinos de exportación.
Ante ese panorama complejo, en el que son especialmente vulnerables los pequeños productores, que a su vez son el 85% de los agricultores del país y en ciertos rubros de la canasta básica más sensibles aún, es necesario pensar en otras opciones de cultivo de más alto valor y rentabilidad que los tradicionales, y además, orientados a la exportación.
Algunas de esas alternativas están ya siendo adoptadas por los agricultores, obligados por las crisis sucesivas, pero también atentos a las oportunidades que generan los mercados, como, por ejemplo, el aguacate Hass, la guanábana, los arándanos, el tomate de árbol, las pitahayas roja y amarilla, así como una cada vez más prolífica aparición de licores artesanales de frutas en unos casos o del penco andino como el miske.
Se trata, por un lado, de una diversificación en rubros no tradicionales o la reconversión hacia cultivos como el cacao, para aprovechar el alza en los precios internacionales. Y, por otra parte, es cambio significativo también en los sistemas de cultivo, bajando la carga química, utilizando insumos de sello verde, así como también bioinsumos y prácticas agroecológicas, para una producción más sostenible en concordancia con las tendencias del consumo que apuntan a una preferencia por alimentos naturales, saludables y hasta nutracéuticos.





